Las fotografías recientes de Barreiro tienen que ver también con todo esto. En ellas vemos focos encendidos y su luz dispersa.

El artista, además, ha dibujado en el centro de la imagen, sobre la pared o el suelo, y para atrapar la luz en un cerco, una silueta biomórfica -que a la vez es un rastro- y que nos recuerda las formas de sus pinturas. Incluso, en otra ocasión, ha movido una linterna fotografiándola con una exposición muy larga, para así dibujar literalmente con luz.

Estos cercos fallan -o son incapaces- de abarcar luz, que se escapa irremediablemente superando sus límites.

El sentido de estas fotos es, pues, el mismo que el de los cuadros: dar cuenta de la actividad artística como un ritual de aproximación -una aproximación que se sabe imposible- a lo inefable.

Es así que el silencio de las obras de Barreiro, despojadas de retóricas superfluas, es un silencio decididamente trágico, y no un ejercicio formalista de depuración metalingüística.