Esto se logra mediante la superimposición de capas de color acrílico transparentes, de las que resultan unas bellísimas superficies ricas en ambigüedades cromáticas y de profundidad ilusionista, que constituyen metáforas de la posibilidad de la imagen, a la cual se le otorga una calidad evanescente.

 

Los mismos bordes de los cuadros polifórmicos de Barreiro, cuyos bastidores elabora él con cuidado artesanal, no parecen responder a una voluntad de firma personal, sino más bien, al romper el rectángulo tradicional, a una declaración de principios antidogmática -o escéptica- sobre los poderes convencionalmente atribuidos a la pintura.

 

Barreiro invoca la luz -la imagen- tanteando, pintando su rastro, con la voluntad de al menos herirla o disecarla -de ahí, creo, los nombres de sus dos mejores series hasta la fecha: Taxidermia y Mutilados-.Las formas polimórficas de sus cuadros se transforman así en constataciones del tránsito de la luz, de su inaprensibilidad en un cuadro -en un rectángulo-.Una luz que no es estática sino que está en constante movimiento.

 

 

 

 

 

 

Una luz -y su potencial metamórfico- que se escapa, y frente a la que todos los actos del artista no pueden ser sino actos rudimentarios.